miércoles, 28 de noviembre de 2012
miércoles, 7 de noviembre de 2012
Puaj
Hace frío. Noto cómo mi piel se eriza.
Estoy desnuda, de pie frente al espejo. Mis mejillas están mojadas por lágrimas. Mis ojos solo ven cosas horrendas, nada positivo del cuerpo en el que habitan. No les culpo.
Quiero gritar, echar a correr hasta caerme al suelo de agotamiento.
Fuera, llueve. Me tranquiliza el sonido de la lluvia.
Mi piel vuelve a erizarse.
Aunque no llevo gafas, puedo distinguir las gotitas que se han quedado atrapadas en el crital de la ventana. Solo ese maravilloso sonido rompe el inquietante silencio.
Cierro los ojos y dos nuevas lágrimas caen de nuevo.
Estoy bien.
Me siento bien.
No estoy gorda.
Todos saben que estoy gorda. Pero nadie se atreve a decírmelo a la cara. Ni siquiera en un susurro; pero no hace falta, sus ojos hablan por ellos, sus muecas al ver mi enorme cuerpo les delatan.
Ahora es cuando me siento sola. Cuando no recuerpo nada bonito, salvo el sonido de la lluvia.
Ahora es cuando todo parece un poco más gris.
Estoy desnuda, de pie frente al espejo. Mis mejillas están mojadas por lágrimas. Mis ojos solo ven cosas horrendas, nada positivo del cuerpo en el que habitan. No les culpo.
Quiero gritar, echar a correr hasta caerme al suelo de agotamiento.
Fuera, llueve. Me tranquiliza el sonido de la lluvia.
Mi piel vuelve a erizarse.
Aunque no llevo gafas, puedo distinguir las gotitas que se han quedado atrapadas en el crital de la ventana. Solo ese maravilloso sonido rompe el inquietante silencio.
Cierro los ojos y dos nuevas lágrimas caen de nuevo.
Todos saben que estoy gorda. Pero nadie se atreve a decírmelo a la cara. Ni siquiera en un susurro; pero no hace falta, sus ojos hablan por ellos, sus muecas al ver mi enorme cuerpo les delatan.
Ahora es cuando me siento sola. Cuando no recuerpo nada bonito, salvo el sonido de la lluvia.
Ahora es cuando todo parece un poco más gris.
jueves, 30 de agosto de 2012
Un helado de invierno, por favor
Abro los ojos y me incorporo poco a poco. Fuera está nevando y la luz de luna ilumina mi habitación parcialmente. Bajo de la cama y ando descalza hasta el armario. Me pongo una sudadera ancha, un gorro y unas zapatillas.
Salgo de casa con las llaves en el bolsillo y echo a andar despacio, dejando que la nieve hiele mis desnudos muslos. Hace un frío atroz, pero me gusta sentirlo directamente en mi piel.
Llego hasta un pequeño parque. Me meto con cuidado en la pequeña casita de juguete, donde podré estar resguardada.
Veo cómo la nieve cae con elegancia. Algún que otro copo se cuela por las pequeñas ventanas de la casita y veo cómo choca contra el suelo de madera o contra mis muslos.
Salgo de casa con las llaves en el bolsillo y echo a andar despacio, dejando que la nieve hiele mis desnudos muslos. Hace un frío atroz, pero me gusta sentirlo directamente en mi piel.
Llego hasta un pequeño parque. Me meto con cuidado en la pequeña casita de juguete, donde podré estar resguardada.
Veo cómo la nieve cae con elegancia. Algún que otro copo se cuela por las pequeñas ventanas de la casita y veo cómo choca contra el suelo de madera o contra mis muslos.
sábado, 11 de agosto de 2012
jueves, 7 de junio de 2012
jueves, 31 de mayo de 2012
Una noche lluviosa II
De nuevo, silencio.
Veo de reojo cómo Daniel se sienta a mi lado. Oigo el crujir de su cuello y un escalofrío recorre mi cuerpo.
-He roto con Estela -susurra en un tono indiferente.
Abrí mucho los ojos, sorprendida. Habían salido juntos casi tres años.
-¿Estás bien? -bajo las rodillas.
-¿No vas a preguntarme por qué lo hice?
-No quiero entrometerme.
-Dei, eres mi mejor amiga desde hace diez años -me mira directamente a los ojos-. Siempre te lo cuento todo.
Bajo la mirada e intento reprimir el nuevo rubor de mis mejillas: me encanta cómo suena mi nombre en sus labios.
Dei.
Deianara.
-Me gusta otra persona -añade, sin dejar de mirarme-. Y no desde hace poco tiempo, que digamos.
-¿Cuánto?
-Yo diría desde que tengo doce años.
-¿Llevas enamorado de otra persona cinco años y aún así saliste con Estela?
-Tú y yo sabemos que nunca estuve enamorado de ella. Y no sabía si yo le gustaba a esa otra persona -se defiende.
-¿Cómo no vas a gustarle a alguien?.
De pronto, me arrepiento de haberlo dicho. Cierro los ojos y me maldigo en silencio.
Noto algo frío en a mano. Miro y ahí están: los dedos de Daniel posados sobre los míos, acariciándolos con lentitud.
-Rompí con ella al empezar las vacaciones -susurró en mi hombro-. La chica que me gusta... Se me declaró.
Me cuesta respirar por lo nerviosa que estoy. Me tiemblan las rodillas.
Su mano se posa sobre mi muslo desnudo. Luego, sobre mi cintura y hace una ligera presión, indicándome que me virase hacia él. Lo hago sin pensar en ello. Estamos cara a cara.
Puedo ver con toda claridad su clavícula que aún sigue con algunas gotas de lluvia. Desliza sus manos por mis brazos, con una leve sonrisa.
-¿Y por qué esperas hasta ahora para romper con Estela? -me atrevo a murmurar.
Sonríe aún más y me ayuda a levantarme, quedando él por debajo del alféizar. Estamos a la misma altura. Noto cómo sus manos se deslizan desde mi cintura hasta mi espalda. Su aliento choca contra mi cuello y eso me pone aún más nerviosa.
Continuará...
domingo, 29 de abril de 2012
Una noche lluviosa
Aquella noche, no pude dormir nada. Al día siguiente comenzarían de nuevo las clases después de las vacaciones de Navidad y, aún, no estaba preparada para volver a verlo. Dos días antes de que comenzaran las vacaciones se lo había dicho: le había dicho lo que sentía por él, con la esperanza de ser correspondida. Pero nada salió como yo esperaba. Simplemente, dio media vuelta y se fue con la expresión seria y la mirada perdida.
Me levanto de la cama. Está lloviendo, pero no tengo frío a pesar de que llevo una camiseta de manga corta blanca y unos pequeños pantaloncitos negros. Me acerco a la ventana, bordeando el sofá que está colocado enfrente y me siento con la espalda apoyada en éste.
Mi casa está totalmente aislada del pueblo, pero aún así, puedo conseguir divisar algunas luces a través de la niebla. Suspiro mientras oigo un coche acercarse: será mi padre que vuelve de su viaje de negocios. Miro la hora en el reloj de pared que está al lado de la ventana, justo encima de los pies de mi cama: 01:32.
Permanezco quieta, rezando en silencio para que mi padre no suba a comprobar que estoy dormida. Contengo la respiración cuando oigo sus débiles pasos pasar delante de mi puerta sin detenerse.
Me llevo las rodillas al pecho y sigo contemplando cómo las gotas de lluvia se estrellan contra el cristal. Oigo un extraño sonido y me obligo a mí misma a salir de mis pensamientos: alguien me llama al móvil. Me levanto y lo agarro: Daniel.
Se me acelera el corazón. No puedo respirar. El móvil deja de vibrar por unos instantes, pero eso no me tranquiliza. Daniel vuelve a llamarme. Decido cogerlo.
-¿Diga? -susurro.
-Sé que no estás dormida -oigo la dulce voz de Daniel en el mismo tono-. Ábreme la puerta, anda.
-¿Qué? ¿Cómo sabes que no estaba durmiendo?
-Te vi sentada. Por la ventana.
-Mi padre acaba de llegar -balbuceé.
-Lo sé.
Silencio por parte de ambos.
-¿Vas a abrirme o voy a tener que helarme aquí afuera? -insiste.
Cuelgo y dejo el móvil en su sitio. Me asomo por la ventana y el corazón me da un vuelco: un chico con la capucha de una sudadera puesta está de pie enfrente del porche. Reconocería esa sudadera en cualquier lugar: es él.
Bajo las escaleras con cuidado después de comprobar que la puerta de mi padre está cerrada. Todo está oscuro, pero no me hace falta luz para llegar hasta la puerta, por la que se filtra un brillo ténue de la luna.
Abro la puerta mordiéndome el labio inferior y un viento helado recorre mis piernas desnudas. Avanzo unos pasos y salgo de la casa: no veo a Daniel.
-¿Daniel? -susurro.
De un rincón oscuro del porche, surge una figura alta y corpulenta. Es él. Intento reprimir una sonrisa, pero es inútil. Se quita la capucha y deja a la vista su pelo negro empapado, sus ojos marrones y una leve sonrisa con los labios cerrados.
-¿Puedo entrar? -pregunta en apenas un susurro.
Una vez dentro, cierro la puerta detrás de mí y me froto los brazos para entrar en calor de nuevo. Pero me detengo cuando noto la respiración del chico en mi hombro.
-He venido muchísimas veces a tu casa, pero no puedo llegar hasta tu cuarto a oscuras.
Alzo la vista y veo que está inclinado hacia mí. Daniel me saca por lo menos una cabeza y un buen trozo de espalda, pero ya no me intimida como antes.
Al notar sus dedos entrelazarse con los míos, salgo del trance y obligo a mis piernas a avnzar con cuidado hasta el cuarto.
Al llegar, agradecí en silencio el haber hecho limpieza la tarde anterior. Me senté en el pequeño alféizar de la ventana y esperé a que Daniel se quitara todos los suéters que llevaba.
-¿Qué haces aquí? -murmuré cuando terminó.
-Quería verte -se peinó con los dedos-. ¿Te importa que me quite la camiseta? Estoy empapado hasta los huesos.
No respondí. Me limité a encogerme de hombros al tiempo que colocaba las rodillas contra el pecho.
Con un rápido movimiento, Daniel se quitó la camiseta. No pude apartar la vista de aquel torso desnudo que tanto me fascinaba. Daniel estaba en el equipo de baloncesto y, además, acudía al gimnasio todas las noches antes de cenar. Debió de darse cuenta de que lo miraba, porque soltó una pequeña risa antes de sentarse a mi lado.
El rubor invadió mis mejillas y fijé la mirada en un punto del viejo sofá.
Me levanto de la cama. Está lloviendo, pero no tengo frío a pesar de que llevo una camiseta de manga corta blanca y unos pequeños pantaloncitos negros. Me acerco a la ventana, bordeando el sofá que está colocado enfrente y me siento con la espalda apoyada en éste.
Mi casa está totalmente aislada del pueblo, pero aún así, puedo conseguir divisar algunas luces a través de la niebla. Suspiro mientras oigo un coche acercarse: será mi padre que vuelve de su viaje de negocios. Miro la hora en el reloj de pared que está al lado de la ventana, justo encima de los pies de mi cama: 01:32.Permanezco quieta, rezando en silencio para que mi padre no suba a comprobar que estoy dormida. Contengo la respiración cuando oigo sus débiles pasos pasar delante de mi puerta sin detenerse.
Me llevo las rodillas al pecho y sigo contemplando cómo las gotas de lluvia se estrellan contra el cristal. Oigo un extraño sonido y me obligo a mí misma a salir de mis pensamientos: alguien me llama al móvil. Me levanto y lo agarro: Daniel.
Se me acelera el corazón. No puedo respirar. El móvil deja de vibrar por unos instantes, pero eso no me tranquiliza. Daniel vuelve a llamarme. Decido cogerlo.
-¿Diga? -susurro.
-Sé que no estás dormida -oigo la dulce voz de Daniel en el mismo tono-. Ábreme la puerta, anda.
-¿Qué? ¿Cómo sabes que no estaba durmiendo?
-Te vi sentada. Por la ventana.
-Mi padre acaba de llegar -balbuceé.
-Lo sé.
Silencio por parte de ambos.
-¿Vas a abrirme o voy a tener que helarme aquí afuera? -insiste.
Cuelgo y dejo el móvil en su sitio. Me asomo por la ventana y el corazón me da un vuelco: un chico con la capucha de una sudadera puesta está de pie enfrente del porche. Reconocería esa sudadera en cualquier lugar: es él.
Bajo las escaleras con cuidado después de comprobar que la puerta de mi padre está cerrada. Todo está oscuro, pero no me hace falta luz para llegar hasta la puerta, por la que se filtra un brillo ténue de la luna.
Abro la puerta mordiéndome el labio inferior y un viento helado recorre mis piernas desnudas. Avanzo unos pasos y salgo de la casa: no veo a Daniel.
-¿Daniel? -susurro.
De un rincón oscuro del porche, surge una figura alta y corpulenta. Es él. Intento reprimir una sonrisa, pero es inútil. Se quita la capucha y deja a la vista su pelo negro empapado, sus ojos marrones y una leve sonrisa con los labios cerrados.
-¿Puedo entrar? -pregunta en apenas un susurro.
Una vez dentro, cierro la puerta detrás de mí y me froto los brazos para entrar en calor de nuevo. Pero me detengo cuando noto la respiración del chico en mi hombro.
-He venido muchísimas veces a tu casa, pero no puedo llegar hasta tu cuarto a oscuras.
Alzo la vista y veo que está inclinado hacia mí. Daniel me saca por lo menos una cabeza y un buen trozo de espalda, pero ya no me intimida como antes.
Al notar sus dedos entrelazarse con los míos, salgo del trance y obligo a mis piernas a avnzar con cuidado hasta el cuarto.
Al llegar, agradecí en silencio el haber hecho limpieza la tarde anterior. Me senté en el pequeño alféizar de la ventana y esperé a que Daniel se quitara todos los suéters que llevaba.
-¿Qué haces aquí? -murmuré cuando terminó.
-Quería verte -se peinó con los dedos-. ¿Te importa que me quite la camiseta? Estoy empapado hasta los huesos.
No respondí. Me limité a encogerme de hombros al tiempo que colocaba las rodillas contra el pecho.
Con un rápido movimiento, Daniel se quitó la camiseta. No pude apartar la vista de aquel torso desnudo que tanto me fascinaba. Daniel estaba en el equipo de baloncesto y, además, acudía al gimnasio todas las noches antes de cenar. Debió de darse cuenta de que lo miraba, porque soltó una pequeña risa antes de sentarse a mi lado.
El rubor invadió mis mejillas y fijé la mirada en un punto del viejo sofá.
Continuará...
sábado, 28 de abril de 2012
Tic, tac
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac.
Algo comenzó a oprimirme el pecho cada
vez más y más. Me llevé las manos a las costillas y me coloqué de cuclillas
para poder respirar mejor. Sentía cómo los pulmones me ardían con cada bocanada
de aire y sentía cómo la sangre dejaba de circular por mis venas y arterias.
Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac.
Caí hacia un lado y me quedé acostado
sobre el costado izquierdo; luego, sobre la espalda. Notaba la garganta y los
labios secos. Un sudor frío cubría mi frente.
El peso del pecho se extendía con rapidez
por mis extremidades y no pude evitar un gruñido. Me retorcía y me arañaba el
pecho con la intención de que aquel horrible dolor desapareciera. Me dolía todo
el cuerpo. Cada vez que me movía, parecía como si una capa de corteza invisible
sobre mi piel, de rompiera.
lunes, 16 de abril de 2012
Luces intermitentes
Me levanté del viejo y fofo sillón y seguí al doctor por un pequeño y estrecho pasillo iluminado únicamente por dos flueorescentes en el techo que parpadeaban ligeramente. Abrió una puerta y, por primera vez, me fijé en su grueso, rechoncho y grasiento cuerpo. Con un gesto, me indicó que entrara. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí y me invitó a sentarme en una especia de mesita auxiliar de madera, algo deteriorada.
A pesar de que fuera hacía bastante frío, las gotas de sudor me comenzaban a resbalar por la espalda hasta chocar contra el pantalón. Había un pitido constante que me hacía chirriar los dientes y eso me molestaba aún más que el intenso calor y el aire pesado. Olía además a una mezcla de agua oxigenada y algo que no llegaba a identificar, pero me producía náuseas.
Terminadas las radiografías, me dirigí a una sala la mitad de pequeña que la anterior. El fuerte olor a alcohol, me chocó y tuve que cerrar los ojos para que no me lloraran. Me coloqué al lado del doctor mientras vendaba mi mano sin cuidado alguno.
De pronto me costaba respirar. Sentía una presión en el pecho y el dolor de mi mano no ayudaba en absoluto. Las luces se apagaban y encendían de pronto y las ganas de vomitar aumentaron exageradamente. Procuré mantenerme firme al darme cuenta de que me temblaba el cuerpo. Las rodillas se me doblaron y caí encima de la camilla. Por muy grandes que dira las bocanadas de aire, no sentía que el oxígeno entraba en mi cuerpo.
Y, así, sin más, todo aquel malestar se esfumó.
A pesar de que fuera hacía bastante frío, las gotas de sudor me comenzaban a resbalar por la espalda hasta chocar contra el pantalón. Había un pitido constante que me hacía chirriar los dientes y eso me molestaba aún más que el intenso calor y el aire pesado. Olía además a una mezcla de agua oxigenada y algo que no llegaba a identificar, pero me producía náuseas.
Terminadas las radiografías, me dirigí a una sala la mitad de pequeña que la anterior. El fuerte olor a alcohol, me chocó y tuve que cerrar los ojos para que no me lloraran. Me coloqué al lado del doctor mientras vendaba mi mano sin cuidado alguno.
De pronto me costaba respirar. Sentía una presión en el pecho y el dolor de mi mano no ayudaba en absoluto. Las luces se apagaban y encendían de pronto y las ganas de vomitar aumentaron exageradamente. Procuré mantenerme firme al darme cuenta de que me temblaba el cuerpo. Las rodillas se me doblaron y caí encima de la camilla. Por muy grandes que dira las bocanadas de aire, no sentía que el oxígeno entraba en mi cuerpo.
Y, así, sin más, todo aquel malestar se esfumó.
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